CELEBRANDO EL SOLSTICIO DE LA MANO DE GUILLERMO ENRIQUE HUDSON
21 de junio de 1908
Tras la noche más larga del año, comenzó el invierno en el hemisferio sur y me hizo recordar el sueño que acariciara al celebrar los 100 años de Allá Lejos y Hace Tiempo. Para honrar la memoria de Guillermo Enrique Hudson en el año del centenario de su partida, aspiraba repetir la excursión a “Las Piedras” para compartir la ceremonia del solsticio de verano que narra magistralmente en “Afoot in England” de 1909.
La economía, cuestiones de salud, y la pandemia me jugaron una mala pasada. Aquí, en Quilmes, revivo su experiencia compartiendo una selección abreviada de los capítulos 21 y 22 de la versión en español, “Inglaterra de a Pie” publicada en 2012 por Buenos Aires Books.
“Todavía me resta contar sobre la última de mis visitas a “Las Piedras”. Había decidido ir una vez en la vida con la corriente o multitud para ver amanecer en la mañana del día más largo del año. por los nativos del distrito pude enterarme que es una vieja costumbre que la gente vaya el 21 de junio a esperar la salida del sol. Una costumbre del tiempo de los pueblos los Druidas. Para estar cerca del sitio, me alojé en Shrewton, una aldea en la pradera a unos seis kilómetros de Las Piedras. Poco después de la medianoche, el 21 de junio de 1.908, un gallo de Shrewtown comenzó a cacarear, y su sonido de trompeta, me anunció que la luna tardía había salido o estaba por salir, uniendo la noche del solsticio de verano con el crepúsculo matinal. Entonces partí hacia Stonehenge, en la quietud de una noche excelente, sin una nube en el profundo cielo azul finamente rociado de estrellas, y la luna cuarto creciente trepando por sobre el horizonte. Cuando el gallo dejó de convocar para el evento, y su largo canto, tímidamente meloso, siguió mis pasos desde la aldea, se hizo perfecto silencio, interrumpido ocasionalmente por el tintineo de algún grupo de ciclistas que pasaban a toda velocidad camino a “Las Piedras”. Yo no tenía ningún apuro. Más tarde, cuando antes de las dos en punto, la primera luz del día comenzó a aparecer por Este, no fue un falso amanecer, pero, caprichosamente, aumentó en brillo que se extendió a la distancia, hasta que comenzaron a verse toques de color, muy delicados, el más pálido ámbar, después el amarillo tierno y el rosa y el púrpura. Me sentí entonces como invariablemente me siento en ocasiones en que un motivo especial convoca a tiempo para ser testigo de un cambio celestial, como una nueva creación. El milagro de la diurnidad. ¡Todos los días de mi vida en que no presencié algo así fueron días perdidos!
Ya en Stonehenge encontré reunidos un buen número de observadores, alrededor de un par de cientos, pero seguían llegando en cantidades, y más de un kilómetro del camino a Amesbury que se podía ver desde “Las Piedras” lucía como una cinta de fuego por los faroles de la multitud de ciclistas que llegaban al lugar. Un total de quinientas o seiscientas personas se congregaron en “Las Piedras”, la mayoría jóvenes que venían desde todas las ciudades cercanas a Wiltshire, desde Salisbury a Bath, distancias ideales para hacer en bicicleta. Pasé unos cuantos minutos en el antiguo templo cuando la imagen de las toscas piedras verticales (que se veían negras un cielo iluminado por la luz de la luna y salpicado de estrellas), me produjo una inesperada sensación. Pero ese sentimiento no podía durar, había demasiada gente y tanto ruido, parecido a un Feriado Bancario en Crystal Palace.
A las tres en punto una cinta de nube color gris pizarra apareció sobre el horizonte este, y se fue ampliando gradualmente, y muy pronto se hizo evidente que la salida del sol a las cuatro menos cuarto no se podría ver. Poco antes de las 3.45, comenzaron a llegar automóviles uno tras otro, trayendo muchos hombres de aspecto importante, que habían calculado el tiempo del viaje para llegar a la escena cuando el sol se expusiera sobre el horizonte, y cada vez que dentro del círculo de piedras aparecía uno de estos caballeros, especialmente si era físicamente grande y se veía grotesco en su traje de automovilista; era recibido con un formidable griterío. En la mayoría de los casos, retrocedían, y quedaban paralizados, sorprendidos ante semejante arrebato, y luego, convencidos de que la única manera de salvar su dignidad era enfrentar la música, y cruzar de prisa el espacio verde para esconderse detrás de la multitud.
Mis experiencias en “Las Piedras” me habían dejado con la idea de que excepto por la compañía, las horas que allí pasé fueron muy dulces y preciadas a pesar de la nube en el este. Por qué no volver otra mañana para tener el lugar solamente para mí, me pregunté. Si una nube no me importó demasiado, me importaría todavía menos que no fuera el día del año en que el disco flamea sobre la vista del observador, directamente sobre la piedra más sobresaliente y proyecta primero una sombra, y después un rayo de luz sobre el altar”.



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