LA ADOLESCENCIA EN QUILMES EN LOS AÑOS 60 - Un relato en primera persona - CAPITULO 14 DEL LIBRO

La historia del Siglo XX puede verse como la sucesión de diferentes generaciones de jóvenes que irrumpen en la escena pública para ser protagonistas en la reforma, la revolución, la guerra, la paz, el amor, la globalización o la antiglobalización y el rock. Los años 60 no necesitan el aval de la nostalgia para mantenerse como una antorcha encendida en el túnel de la Historia. Casi no hay país que no encuentre en su propio pasado algún motivo para que el tiempo transcurrido entre 1960 y 1970 sea algo más que una convención de historiadores y ensayistas que le reservan un lugar de privilegio junto a las grandes eras o edades. Pero, pasan los años y más allá de la abundante literatura escrita sobre el período, sigue siendo interpretada por muchos de sus protagonistas, los jóvenes de los 60 cambiaron la historia de la música con estilos que marcaron la manera de pensar y sentir de varias generaciones. En la tensa calma de la Guerra Fría, como resultado del baby boom (explosión de nacimientos) que siguió a la Segunda Guerra Mundial, la explosión demográfica era imparable. Esa juventud que nació a partir de 1945 fue responsable del movimiento cultural dominante en los años 60.
EL ROCK: CASI UN SÍMBOLO El Rock and Roll impuesto por Elvis Presley trascendió todas las fronteras instalando una revolución que logró romper todo tipo de barreras. Cuando el Twist, que popularizara Chubby Checker ya había captado a la audiencia argentina, a fines de 1962, Canal 13 estrenó "El club del clan", un programa que mostraba a un grupo de amigos que se reunía para cantar, bailar, charlar y divertirse. Se emitía los sábados a las 20.30, un horario en que los chicos se pegaban a la pantalla del televisor para imitar las coreografías y cantar junto a sus nuevos ídolos, por primera vez, en español. Tal vez en un televisor comprado en el primer local de Cavanna y Passalent, ubicado en Hipólito Yrigoyen esquina Garibaldi; el comercio que trajo a Quilmes el primer aparato de televisión. Muchos de esos jóvenes intérpretes se convirtieron en estrellas de la canción con éxitos que continúan hasta el presente como Palito Ortega o Raúl Lavié.
Tras un año de éxito el grupo comenzó a disgregarse por efecto de los contratos que diferentes medios les fueron ofreciendo en forma individual. Pero dejaron el recuerdo de su película que a principios de 1964 se estrenó en Argentina y los jóvenes quilmeños vimos en alguno de los cines de nuestra ciudad , que eran varios, unos cuantos. Dos en la calle Rivadavia, el Cervantes, ubicado entre San Martín y Moreno, a metros de La Estrella Argentina, el primer mercado de autoservicio de la región (posteriormente Llaneza, “el más gauchito Supermercado” que promocionaba el jingle publicitario en la TV) y el Cine Rivadavia (entre Alvear y Mitre) al lado del kiosco de Curtis, donde los domingos por la mañana pasaban películas del Llanero Solitario. En el centro, completaban la oferta el Cine Moderno, sobre Yrigoyen en lo que hoy ocupa la Iglesia del Puente, que sumados al cine de la Ribera, ideal para las noches de verano, el Cine Avenida (luego llamado Roxi), en 12 de Octubre y Sáenz Peña y los dos de Bernal, Ideal (sobre la calle 9 de julio entre San Martín y Belgrano) y Monumental (sobre la misma calle, al lado del Hospital Julio Méndez) ofrecían opciones para todos los públicos y todas las edades. Foto 1 Para 1963, antes de convertirse en "El Gitano", o “Sandro de América” interpretando baladas románticas, ya había logrado cierta popularidad con las presentaciones del grupo “Sandro y los de Fuego”, en Sábados Circulares, el programa ómnibus (de 5 o 6 horas de duración) más importante de la televisión argentina. Imitando la vestimenta, los movimientos y hasta el peinado de Elvis Pressley (que también imitaban nuestros chicos), hizo delirar a las chicas cuando vieron a ese muchacho vestido con ropa de cuero mover sus caderas y tirar la campera a la tribuna. Sus discos simples de puro rock and roll cantados en español fueron un suceso. Símbolos de una época dorada en el panorama musical mundial y en la que The Beatles asombraban a propios y extraños con sus singulares interpretaciones. Foto.2 Si bien los primeros discos simples del fenómeno que se originó en el Reino Unido llegaron a nuestro país en el 63, los temas de la mundialmente reconocida y exitosa banda The Beatles, comenzaron a explotarse comercialmente en formato de long play (LP larga o duración). Temas como Love me do o Please, Please Me, instalaban la beatlemanía, un fenómeno que marcó una nueva era en la historia de la música popular. Encontraron en su Twist y Gritos (Twist and Shout) una manera de protestar contra el “establishment” a la que adhirieron adolescentes y pre adolescentes de todo el mundo. Tal fue su influencia que la “moda Beatle” modificó las preferencias de la juventud. Los chicos abandonaron el “jopo“, típico de Elvis, y las chicas los peinados con volumen y rulos marcados que usaban las cantantes del Club del Clan para adoptar el “corte de pelo Beatle” que incluía un flequillo. Causando el espanto de sus mayores que los llamaban “melenudos”, impusieron el gusto por los anteojos redondos, llamados ‘lenonky’ en muchos lugares del mundo. En Argentina, hasta la mismísima “Patoruzú”, creación de Dante Quinterno; cautivó a los jóvenes quilmeños con una edición especial dedicada a Los Beatles que eran rescatados por el cacique patagónico tras un secuestro ocurrido durante un supuesto viaje a Buenos Aires. Foto 3
En Quilmes, una disquería frente al diario El Sol, El Submarino Amarillo, desde su cartel nos tentaba con cada primicia que recibían, desde el Reino Unido, o desde nuestro país, donde desde la televisión Ginebra Llave promocionaba su producto con unas ardillitas flequilludas a lo Beatle, cantando “Dale, dale, dale Ginebra Llave” y la Odeon Pops llevaba su música al disco. Foto 4 EL LUGAR DE LA ESCUELA En el centro de la escena, la escuela secundaria se convirtió en el eje de la vida social de los adolescentes ya que no sólo ofrecía una cultura académica, sino un espacio de sociabilidad, con actividades tan diversas que dieron lugar a una "cultura juvenil" autónoma e interclasista en la cual la edad era mucho más importante que la clase social. En nuestro país, hacia fines de los años 50 la escolarización secundaria representaba para los padres la promesa de ascenso social. A cargo del Ministerio de Educación de la Nación, ofrecía una formación gratuita en las Escuelas Nacionales de Educación Técnica, Normales Superiores y Colegios Nacionales de todas las provincias aunque sin presencia en todas las ciudades del país, que suplía y o se ampliaba con la oferta de escuelas privadas, mayoritariamente confesionales. Con el aumento de la población en edad escolar que se produjo entre 1945 y 1960 en que la matrícula pasó de 201 mil a 789 mil estudiantes, las vacantes resultaban insuficientes para el acceso a una formación que se suponía sería la garantía de un empleo de por vida. Y para ingresar era preciso aprobar un riguroso examen tras prepararse durante varios meses. Tal era el caso en Quilmes, ciudad en la que a principios de la década aquellos que no lograban el puntaje necesario para ingresar a las escuelas secundarias estatales (si sus padres no podían costear la cuota de las no tan numerosas escuelas privadas) tenían como opción prepararse para la vida laboral con cursos de dactilografía, taquigrafía, secretariado y teneduría de libros en la filial local de las Academias Pitman, sobre la calle Rivadavia o en el Instituto Mercantil Quilmes, conocido como Mezzadra sobre Moreno, a metros del Mercado Municipal. Una vez matriculados en alguna de las cuatro escuelas, la ENET (Mosconi), el Nacional, la Escuela Nacional Normal Superior y el Comercial; la pertenencia a la institución se convertía en símbolo de identidad, que trasciende a los tiempos. Es así que pintando canas, jubilados, con nietos, los egresados se nuclean en torno a la que fue su escuela. EXANQUI, Asociación de ex alumnos de la Escuela Normal de Quilmes, una ONG que trabaja intensamente en el Archivo Histórico, desarrolla actividades culturales y ha producido numerosas publicaciones tanto online como en soporte papel. Foto 6
Otros, que además de reunirse a fin de cada ciclo lectivo para rememorar los años dorados de su adolescencia, desde grupos en las redes sociales, recuperan los grandes momentos de su formación en instituciones sumamente exigentes, que instalaban en sus alumnos la sensación de que pertenecer era casi un privilegio. Foto 7 Recuerdan a los que designados como “Rectores” marcaron el rumbo en cada institución, en el Mosconi Juan Carlos Casabona, que designado como vicedirector en 1956 desempeñó la función directiva desde 1964 a 1979; Catalina Borzi, en el Colegio Nacional de Quilmes; y el Prof. Alfredo José Eliseo Dunet, que permanece hasta 1970. Figuras del ámbito local, que dejaron sus huellas. El Normal logró el edificio del Anexo en la calle Moreno, y hacia fin de la década la Escuela Nacional de Comercio de Quilmes hizo realidad el sueño del edificio propio, que ya para la época se conocía como el “Comercial de Bottaro”. LA VIDA EN EL COMERCIAL DE BOTTARO Agustín L. J. Bottaro, fundador y primer Rector de la Escuela, que junto a sus pares; hizo historia. Una escuela donde quedar con una materia previa podía significar no tener vacante para el próximo curso y requerir cambio de turno o escuela, con reglamentos disciplinarios que prohibían el pelo largo de los varones o del uso de maquillaje o esmalte de uñas para las chicas, y exigían la corbata del color establecido a los chicos, y a las chicas, el cabello recogido o con vincha y el guardapolvo cubriendo las rodillas, no cumplirlo podía significar sanción y/o citación a los padres. Tras la puntual formación de entrada que en el turno mañana (reservado para los mejores puntajes del examen de ingreso) conducía Pancho Castaña el Jefe de Preceptores, en el pequeño patio y la estrecha galería de la antigua casona de Alsina 370; los alumnos recorríamos los pasillos que conducían a las escaleras individuales para cada una de las aulas de madera (que generalmente ocupaban los numerosos primeros años). Solamente dos pasillos para ocupar los pupitres de madera bajo la atenta mirada del preceptor. Autoridad que nos hacía poner de pie para recibir al profesor y hasta estudiar cuando teníamos una hora libre (que no pudiera cubrir el Director). En general, jóvenes egresados de la misma escuela, como Eduardo Astiz y Santiago Faciolo, nos sabían poner límites. Una mirada bastaba, y ante la menor indisciplina, nos sacaban del aula para exponernos a un posible reto del Director (que conocía el nombre de todos los alumnos) se paseaba por los pasillos para supervisar la actividad. Durante las primeras semanas, las clases de Música (en un salón que también era mapoteca y guardaba el esqueleto que se usaba para el dictado de Anatomía), además de practicar el himno nacional, se aprendía la emblemática marcha de la escuela, casi un símbolo de pertenencia que se repetiría al cierre de cada acto escolar que concluía con el célebre “Viva nuestra escuela”. Bottaro fue un Directivo de "Jornada Completa”, y por qué no Ciclo Completo, para los que sus funciones no concluían al terminar su Turno, la semana y el año escolar. Además del picnic al Parque Pereyra Iraola en que toda la comunidad educativa compartía el Día del Estudiante, alentaba y organizaba salidas educativas, planificadas de acuerdo a los contenidos para cada año. A cada uno de los cursos de Primer Año los llevaba a visitar el Museo Histórico Nacional, salida que culminaba con un paseo por el Parque Lezama y un concurso literario que se premiaba con un libro. Además, aprovechaba los días sábados para dar clases de apoyo para los alumnos que tenían dificultades en Matemáticas, y los chicos concurrían masivamente. Muchos docentes se sumaban a esta iniciativa de la Dirección de una escuela activa, participativa y de puertas abiertas. Las clases de Educación Física en CATIA, un amplio predio sobre la calle Primera Junta, que era necesario recorrer a pie desde Mitre (donde nos dejaba el “blanquito” o la línea 1, actualmente 159) hasta el final de un largo paredón; incluían el ejercicio físico, y un rato para la práctica deportiva. Para los varones, fundamentalmente futbol, y para las chicas (con estricto bombachón negro debajo de la pollera pantalón), contemplaban Atletismo, se nos preparaba para la la participación en eventos deportivos, Campeonatos Intercolegiales, Competencias (Triatlon y Pentattlon de los que participaban Diana Zabalo, Edith Patuzzi, Alicia Bonanno y Mirta Martínez) dando a todo el alumnado una posibilidad de participación. Actividad que no concluía con prepararnos, alentarnos a participar y llevarnos a los eventos sino que se completaba con los Campamentos Educativos. De fin de semana en la quinta de los Nagel en Coronel Brandsen, y los de verano en la Quebrada de los Sauces en La Rioja organizados por el Departamento de Educación Física, con Anita Villar y el Profesor Beccherini a la cabeza; claros ejemplos de Profesores que dedicaban tiempo extra clase para preparaban a los líderes de grupo que orientarían a los principiantes. Ricas experiencias de vida que incluían armar las carpas, preparar las comidas, organizar los fogones (donde se escuchaban las guitarras y el acordeón de Aldo Mela), las caminatas, escalar, y hasta colocar una gran cruz sobre el cerro erguido sobre el Vivero Municipal, que bautizamos El Centinela de los Quilmes. Centinela que custodiaba la formación de cada mañana con aurora en torno al mástil, y la del cierre de la jornada cuando entonábamos: “Nuestro sol ya se fue, ya dejó de alumbrar sobre el cerro… Todo es paz, solo Dios, cerca está”. Escenas que se repitieron en el Parque Los Alerces sobre el Lago Futalaufquen donde llegamos tras una larga travesía en tren. El Roca hasta Ingeniero Jacobacci, la cabecera norte del famoso tren La Trochita que nos condujo a Esquel. Una larga travesía entonando La Felicidad, el hit de Palito Ortega recién estrenado que logró vender más de 2,5 millones de copias en español, inglés, italiano, alemán, francés, holandés y sueco alrededor de la estufa en el centro del vagón que compartíamos con la banda Los Guantes Negros, bajo la atenta mirada de nuestros profesores que nos regalaban ricas experiencias de vida. En la organización de actividades recaudatorias (desfiles y tés) pro edificio de la Asociación Cooperadora, las revistas orales en sábados a la tarde en las que alumnos como José Luis Castro (que ya participaba del ballet del programa Casino Phillips por Canal 13 y años más tarde compartiera la escena con Virginia Lago en La Piaff) descubrían sus cualidades artísticas. Otros, su vocación por el folklore. En cada Escuela había uno o más conjuntos, que las autoridades estimulaban, cediendo los espacios para practicar en horario extra escolar y organizando actividades extra curriculares para que pudieran participar. El Comercial supo tener varios conjuntos. Los Lumbreños, llegaron a competir en Guitarreada Crush junto al conjunto de la Escuela Normal, Las Voces de Simoca que integraba nada más ni nada menos que Julio César Suárez que convertido en Julio Lacarra construyera una vida en la música y es orgullo para sus contemporáneos. A la salida de clases, practicaban en el bar Gema sobre la calle Mitre, frente a la Plaza San Martín, donde siempre había lista una guitarra para que entre zambas y chacareras se prepararan para participar de cuanta Peña organizada por Cooperadoras Escolares los invitaran. El Coro de la Escuela, ensayaba los miércoles por la tarde y los sábados. Un día que el Profesor Héctor Mobilia (Maestro del Teatro Colón) junto a la Profesora Susana Seminario dedicaba a los chicos que se debatían entre la pasión por la música que habían logrado despertar y el deseo de ver jugar al Cervecero. Los ensayos en mapoteca, donde estaba guardado el esqueleto que se usaba en clases de Anatomía, jugábamos mientras éramos testigos del triunfo de la “Cultura” (como decía el Profesor) por sobre el fútbol. Premio Nacional, apariciones en el Programa del padre Gardella en Canal 7, y especialmente invitados por Cultura de San Luis para dar un Concierto junto al Coro Orfeón Puntano entre otras tantas, que siempre culminaban en la Sede de Bomberos de la calle Garibaldi 318, donde sintiéndonos tenores, barítonos, sopranos y meso sopranos consagrados, les dedicábamos n la marcha en su honor, entonando: “Los Bomberos de este gran pueblo, voluntarios de vocación, entusiastas y muy alegres, siempre cumplen su misión…”. . Un repertorio enriquecedor que nos llevó a disfrutar interpretando desde Danubio Azul, los coros de famosas óperas como Nabuco de Verdi, zarzuelas como La Rosa del Azafrán, la Misa Imperial Incaica (que estrenamos en la Iglesia del Carmelo), hasta la música popular con el tango Caminito, y Pueblito Mi Pueblo de Guastavino. Los docentes eran autoridad que no se cuestionaba (aunque fueran destinatarios de pequeñas o grandes travesuras que se escondían detrás de una sonrisa inocente). Una goma de mascar dejada adrede sobre un pupitre para que se pegara en el tapado de piel de la Profesora o la alteración de notas en la Libreta de Calificaciones, hubieran recibido amonestaciones (que hubiéramos aceptado calladitos) en caso de ser detectados por los profesores, Formados en modelos enciclopedistas, que ponían en práctica en cada clase. Cada día, a pesar del temor de recibir un uno al ser llamados a dar lección si no habíamos estudiado, era la promesa de descubrir algo nuevo. En Lengua, “Paquito” Salustio, nos hacía estudiar de memoria Las Coplas de Manrique, analizar métrica y rima; desde Gramática, reconocer las oraciones subordinadas y coordinadas (copulativas, adversativas y disyuntivas) aunque en el discurso oral y escrito siguiéramos usando y por pero, además de dar clase oral de Literatura con un resumen de Amalia cuando la Sra. de Gauna, con su tonada correntina tomaba la libreta y decía: “A ver gurisa, pase al frente”. Personajes imborrables como los contenidos que transmitían. Y tras largas horas completando los deberes de Caligrafía, con tintero y pluma (cucharita y gótica dos y medio) desechando las hojas manchadas de tinta, desarrollamos la cursiva requerida para llevar los libros de Contabilidad o la redondilla y la gótica que usamos en pergaminos que Cecilia (Pocha) Pastor sugirió de regalo para el día de la Madre. “Circulito” Barnabá y el “Chiche” Gambardella, trataban de convencernos de la necesidad de dominar los rasgos en Estenografía y así poder tomar nota taquigráfica de textos al dictado. Aunque los contenidos no eran muy populares, supieron despertar la vocación de Berta Álvarez, que siguió la Carrera en el Profesorado Joaquín V. González y dictó esos espacios curriculares hasta la Reforma de los años noventa en que fueron reemplazados por Computación. O Gloria Martínez, que se dedicó a la Plástica. Tan temidos como idolatrados, prometían una sorpresa en cada clase. Personajes con Raúl Bottaro, que los lunes, graficaba la fórmula logarítmica del gol de Quilmes, o Rodolfo Merediz, cuyo nivel de exigencia a veces era difícil de seguir para muchos de los alumnos que se iban a examen, y tras dejar previa Historia Argentina en 3° Año, debían pasar al Turno Noche o a la Escuela Media N° 1 en Don Bosco con la que la que la Provincia había iniciado la educación secundaria en el Municipio (ya que las vacantes para 4° Año no eran suficientes). Docente en la Universidad de La Plata, no se conformaba con que recitáramos la lección desde los Resúmenes Lerú, o el Libro de Ibáñez. Revisionista, exigía la lectura de un libro completo para la creación de la Bandera Nacional, otro para Rosas y su Tiempo. Su estrategia era enseñar desde los documentos, y nos recomendaba consultar en el Archivo Histórico Nacional al tiempo de comentar sobre las verdades y mentiras de la Historia Argentina perpetuadas en los libros. Su propuesta enriqueció a un sinnúmero de alumnos que a lo largo de los años siguieron sus pasos con respeto y admiración, como Nilda Ramos, que se pasó al Normal para ser profesora de Historia. Hoy, ya jubilada sigue trabajando en la Librería familiar de la calle Mitre.
En tiempos de gran inestabilidad política, veíamos que los tres poderes del Estado que aprendíamos en Educación Democrática se diluían con el rugido de los tanques del ejército, y que los derechos ciudadanos trabajados en Instrucción Cívica se veían interrumpidos por golpes militares e imperaba la proscripción, la escuela garantizaba a los alumnos el derecho de expresión. Al llegar a cuarto año, el curso más numeroso ya que era el único, sin Centro de Estudiantes, nos hacíamos cargo de El Mercurio, órgano periodístico de la escuela que en aquellos tiempos imprimía el Diario El Sol, en su edificio de la calle Rivadavia 50, casi Alvear . Foto 8 Crucigramas, poesía, información general, hasta los resultados de una encuesta sobre La Rabona, en la que “inocentes” como pocos, publicamos las respuestas de cada profesor con nombre y apellido. Tan inocentes, como cuando un 2 de noviembre (que en alguna época supo ser asueto) se corrió el rumor que no pondrían ausente, en la puerta del colegio organizamos una rata colectiva para pasar la mañana en un bar, La Escala, en Alsina esquina Alvear, a una cuadra de la mismísima escuela, algo que por supuesto, no publicamos en el periódico escolar. Una opción de crecimiento personal en la que algunos descubrimos que escribir era sinónimo de felicidad. Seguramente ninguno de los egresados a pesar de los años transcurridos no olvide el concepto de persona, capacidad o contrato, que aprendíamos de memoria para responder a las expectativas del Dr. Picasso en Derecho Usual en Cuarto Año, cuando con Aldo Mela participamos en el concurso Justa del Saber, conducido por Carlos Dagostino en Canal 7. El músico era el mejor promedio del curso y Cuadro de Honor (un cuadro sobre la pared de la galería donde se incluían en cada trimestre, por curso, los nombres de los alumnos que habían obtenido un promedio de siete puntos o más; lugar que compartió con Daniel Turqui) todos los trimestres de los cinco años, participó respondiendo sobre Merceología (Química Inorgánica). Una materia repleta de fórmulas que dictaba la Sra. Castro de Vitale, hermana de la Profesora de Botánica de primero y zoología de segundo, Castro de Abatti, que con “la intervención quirúrgica” a un sapo (osada en un grupo tan inquieto como el nuestro) alentó a Clarita Cerreia Fus a seguir el Profesorado de Ciencias Naturales. Tuvimos otro par de hermanas, las Scwartzman, Pochi, en Contabilidad, y Mecanografía, con la que tuvo que lidiar bastante por el número de alumnos. En tercero, la señora de Barrenechea no había tenido problemas, pero con más de sesenta alumnos en cuarto, las máquinas eran suficientes para todos y el espacio tampoco. Se tuvo que subdividir el grupo. Por orden de lista, la mitad tenía que asistir en primerísima, y el resto séptima hora, para rotar a partir de agosto. Un rato más de cama a la mañana nos hacía llegar tarde, y a la salida, la tentación de irnos con el resto del grupo al final de la sexta hora nos traía retos, faltas y amonestaciones. Su hermana, la Doctora, dictaba Anatomía en tercero, con el esqueleto en un lugar central y temas como el aparato reproductivo que no se abordaban y quedaban para las dos charlas (una para las niñas y otra para varones) que en Higiene de 4° daba el Dr. Eizner. Al llegar a quinto año, con Geografía Económica a cargo de la Sra. Urriol de Rodríguez, nos liberamos de los trazados de hidrografía y orografía de deber y en lección sobre el mapa pizarra. Cuántas veces habremos ubicado un río en la provincia o el país equivocados. La Profesora, que seguramente sabía de las dificultades en la ubicación espacial, como en un ritual, comenzaba cada clase diciendo: “¿Quién pasa? Porque si no pasa nadie, llamo por lista”. Entonces, nos poníamos de acuerdo para estudiar el tema como pedir pasar y salvar al resto, ya que después de una lección, comenzaba con tema nuevo. No faltó la oportunidad en que el que se había comprometido a pasar, no levantaba la mano, con lo cual los compañeros de banco le levantaban la mano. Por la falta de espacio para el número de alumnos, los pupitres para dos se compartían entre tres alumnos. El pasillo central estaba ocupado por sillas, que muchas veces intentábamos mover a voluntad para cubrirnos cuando intentábamos copiarnos de los “machetes” cuidadosamente preparados, en especial para los exámenes trimestrales que se sumaban a las demás pruebas escritas. Divertidas salidas en Merceología con la Profesora Elena Curelli (Cervecería, Maltería, Peters, etc.) que complementaban una formación contable recibida de los Profesores Itzcovich y Vattuone, tras el Balance (que personalmente aprobé por estar sentada en el pasillo al lado de Edgardo Cutello, que me ayudó), nos habilitaría para lograr un empleo sólido en el Banco Popular de Quilmes, el Banco de Avellaneda (que ya no existen) o el Nación, alguna empresa importante (que solían pedir que la escuela recomendara alumnos para cargos vacantes) o seguir Ciencias Económicas en la Universidad. El aula sobre la Calle Alsina, las amplias ventanas balcón eran toda una tentación. Que alguno se escapara para cruzar la plaza y así conseguir una mesa en el nuevo barcito, Burbujas, que de otro modo ocupaban los chicos del Normal, que salían quince minutos más temprano; y que nadie se dieran cuenta el Director o el Jefe de Preceptores, ya que teníamos como Preceptor alumno a un compañero nuestro, Daniel Arana, una modalidad que ya había inaugurado en 4° año, Carmelo Campo (que por afinidad construida desde los campamentos, se pasó al Turno Mañana). Daniel, “el Negro” para nosotros, cuando podía, no registraba las llegadas tarde, pero sabía imponer orden, tanto que eligió la docencia para dedicar una vida a la enseñanza de Geografía. No éramos santos. Vivimos la revolución pero casi sin rebeldía. Tal vez tan solo se manifestaba cuando los varones no llevaban la corbata del color obligatorio o las chicas íbamos con los ojos pintados con delineador. Pero nuestras “travesuras” alcanzaron diferentes niveles de importancia. Esconderse debajo de un pupitre (cosa que no era difícil en un aula sin pasillos y con tres alumnos por banco) para figurar ausente si nos llamaban a dar lección. Podía salir bien ya que por falta de espacio no había escritorio y el profesor completaba el libro de temas y llenaba el parte de asistencia en sala de Profesores. Alterar alguna en la Libreta de Calificaciones si el Profesor la dejaba olvidada sobre un banco. Intentar escaparnos antes del horario, arriesgándonos a sanciones que aplicaban si nos descubrían, aceptaríamos “sin chistar”, con el temor de si citaban a nuestros padres, el problema escolar se trasladaba a casa, pero potenciado. No protestábamos (en voz alta) ni nos quejábamos. Ni siquiera cuando no nos devolvían las pruebas escritas y no conocíamos las notas hasta recibir el boletín. LA ACTIVIDAD FUERA DE LA ESCUELA Tanto nos exigían los profesores que el tiempo libre era muy poco y quedaba poco tiempo para el ocio. Encontrábamos diversión en las múltiples actividades que nos ofrecía la escuela, y Quilmes nos ofrecía una variada gama de opciones que compartíamos entre los compañeros del curso. Desde el primer año, con Graciela Lapalma y Mirta Mobilia, tras el ensayo de Coro de los sábados recorríamos Rivadavia desde Mitre hasta la estación para comer de paradas una porción de pizza en El Tropezón (en Rivadavia casi Yrigoyen), para allí tomar el colectivo 225, hoy 85; o el 24, actualmente línea 324 y llegar a nuestras casas en Bernal. A veces, nos dábamos el gusto después de las clases de Educación Física. Completaban nuestra agenda, las clases de inglés con un profesor particular o la Cultural para estar más calificados para obtener un empleo y tener una materia aprobada con facilidad en la escuela. El deporte o las clases de algún instrumento. Muchos optábamos por la guitarra, y la opción de cursos gratuitos la ofrecía de Escuela de Bellas Artes, en las aulas de la calle Rivadavia, en el edificio que ocupara el Palacio Municipal desde el 25 de mayo de 1912 hasta el año 1962. Convertido en nuestra Casa de la Cultura, desde la plástica vio cómo Víctor Roverano, Aldo Severi, José Hoyos Roveda, Manuel Oliveira, y Ludovico Pérez, entre otros, se convertían en referentes del arte latinoamericano contemporáneo y le otorgaban brillo a la ciudad. En casa, los deberes y las lecciones para concluir cada jornada en la mesa familiar, donde durante la cena comentábamos lo que habíamos hecho y aprendido durante el día. Mirábamos televisión en familia, con las opciones que nos ofrecían los cuatro canales que funcionaban desde a principios de la década. El histórico Canal 7 (la Televisión Pública) Canal 9, Canal 13 y Canal 11 (Telefé). Con tanta oferta (ya que durante los cincuenta hubo solo uno), necesitábamos seguir las revistas especializadas -Radiolandia, Antena, Canal TV y TV Guía - que presentaban las grillas con los horarios. Uno de los favoritos, Odol Pregunta (de Canal 13) de preguntas y respuestas por 100 mil pesos auspiciado por la famosa marca de dentífricos, los grandes shows como Casino Phillips (en Canal 13, auspiciado por la empresa) y El Special que cada semana sorprendían a la audiencia con las mayores figuras de nivel internacional. Las series americanas de vaqueros, como “Bonanza”, “Laramie”, “La ley del revolver”, “Ruta 66”, y las comedias que exaltaban los valores de la familia como “Dr. Cándido Pérez, señoras”, y “La familia Falcón” (auspiciado por Ford para el lanzamiento de su nuevo modelo en la lucha contra Chevrolet). Para la presentación una canción pegadiza de los 5 Latinos, Juntitos, juntitos. Modelos donde la autoridad paterna era incuestionable, que nosotros admirábamos aunque en casa, silenciosa y calladamente no siempre cumpliéramos con su mandato. Ver los partidos en que Independiente se coronaba Campeón de América un día o dos después gracias al videotape, ya era todo un avance, y ni hablar cuando en los noticieros pasaban las experiencias de la NASA en la conquista del espacio soñábamos con vacaciones intergalácticas para el año 2000, una predicción fallida. En general, no nos atraían demasiado los programas como Yo soy porteño y Nostalgias del tiempo lindo, dedicados al tango y la milonga porteña, y no los seguíamos aunque los vieran nuestros padres. Sin embargo, Quilmes supo regalarle al mundo una gran figura. Admirado como un virtuoso del bandoneón, ya sea en Tokio, París o Nueva York, donde reside, Daniel Binelli siempre recuerda a su Quilmes natal. Cuando hacía la primaria en la Escuela N° 17, a los nueve años, ya había comenzado a tocar el bandoneón en orquestas y clubes de la Colonia, su barrio. El intérprete y compositor que con los años dedicara el tango Al pintor Aldo Severi, luego de concluir la Secundaria en el Normal; en 1968, entró por la puerta grande al mundo de las orquestas típicas. Foto 11 Para segundo año, nos comenzaron a llegar las invitaciones a los cumpleaños de quince, donde las chicas estrenábamos vestidos de fiesta, y los chicos lucían riguroso traje, que los padres, siguiendo los comerciales de TV, compraban en “Casa Muñoz, donde un peso vale dos” o “Sastrerías Braudo, la casa de los dos pantalones”, que venían muy bien porque los pantalones se gastan más que el saco. Si elegían comprar en Quilmes, podían hacerlo en Solmor, calle Rivadavia esquina Brown, y El Capricho en Alem y Mitre; que ofrecían gran calidad. Ideal para bailar el vals con la quinceañera, después del papá y los tíos. Como no había otras opciones, si teníamos buenas notas, nuestros padres nos permitían ir a “asaltos” en casas de familia. Con ropa informal, lucíamos orgullosos los jeans Levis con camisa a cuadros y mocasines color suela. Las chicas llevaban la comida y los chicos la bebida, y para bailar, nada mejor que la cumbia con “Los Wawancó", pioneros de la cumbia en la Argentina y los creadores de un estilo de baile que los argentinos hicieron propio. Bajo la atenta mirada de los padres, alineados frente al tocadiscos Wincofon, tal vez comprado en Deyá Hogar (en la esquina de Moreno y Rivadavia), los chicos practicábamos el pasito y cantaban temas que todavía suenan en eventos sociales: La Pollera Colorá; El pescador; No te vayas corazón; La banda borracha; y Todos Los Domingos, algunos de sus grandes éxitos, que conforman una lista casi interminable. Y todos los domingos, junto a Mirta Mobilia, íbamos a misa con las chicas de Molinari que vivían en la esquina y Graciela Arca, hija de una familia propietaria de una de las primeras casas de electricidad de Bernal, ubicada al lado del cine Ideal; con la que mi familia compartía la medianera. En una iglesia recientemente renovada donde la mantilla blanca o negra con la que nos cubríamos fue reemplazada por el pañuelo (colorado de la cumbia) del color que nos gustara, y la liturgia había abandonado el Latín, para usar la lengua vernácula. Tal como recuerda Julio Lacarra, para 1965, “en pleno auge del folklore argentino, la juventud abrazaba la guitarra, o el bombo, se ponía poncho y salía a cantar”, los domingos a la tarde, los Fogones de la Galería 9 de Julio en Bernal, congregaban a los chicos de todo Quilmes. Una iniciativa que impulsaron Quico Perrotti, y Alberto Lima, junto a Cacho Miguenz, por iniciativa de Lito Urruty (la guitarra de Bernal), formaron un conjunto que se presentaba como Las Voces del Valle. Todos coreábamos las canciones con gran entusiasmo soñando convertirnos en figuras, lo que ellos lograron tras más de 50 exitosos años en la música . Foto 12
Al llegar a 4ª año, reemplazamos el asalto por el Surprise Party, organizado en complicidad con los padres del agraciado que esperaba a un compañero por algún deber, y al abrir la puerta se encontraba con la barra de la escuela que llegaba con la promesa de una tarde a pura diversión. La cumbia había abandonado su lugar de privilegio para dar paso a la Música Para La G.C.U. (Gente Como Uno), compilados con los éxitos de los grandes de la música internacional que traían los canales de televisión . Tanto para sus shows o programas ómnibus en vivo. Vinilos con variedad de estilos e idiomas que incluían nombres como Johnny Hallyday, Herve Vilard, Mina Herve Vilard y Paul Mauriat y Su Orquesta. Foto 13 Tanto disfrutábamos del grupo, que cualquier excusa era buena para reunirnos. Hasta prepararnos juntos para los trimestrales. Exámenes obligatorios de tres materias fijadas por el Ministerio que no se sumaba sino se promediaba con la nota obtenida. Claro que muchas veces en vez de estudiar, nos dedicábamos a organizar quién ayudaría a los que estaban más flojos. No siempre salía bien Y teníamos que estudiar para rendir en diciembre y escuchar los retos de los padres. Para 5° ya pudimos ir a bailes en el Club Ducilo, en Berazategui, acompañados por alguna mamá como la de Mirta Fabiano que pasó una noche sentada (aunque alguna vez, también fuimos solos) mientras nosotros disfrutábamos de una aventura incomparable. Elsieland, sobre la calle Calchaquí, donde hoy funcionan dependencias municipales y la Policía Local, inaugurada en 1966 (como Mi Club de Banfield o Regatas de Avellaneda) no permitía el ingreso a los menores de 18 años. En noviembre del 67, con una lágrima apretada que muchos probablemente no pudimos contener y la nostalgia en el rostro, llegábamos a la última página del capítulo de nuestra Escuela Secundaria, para, tras el imponente acto en el Cine Cervantes, continuar escribiendo nuevos capítulos del libro de nuestras vidas . Foto 14 Habíamos crecido y debíamos cortar el cordón, comenzar a caminar solos y transitar otros caminos, tal vez recitando las estrofas de la Marcha de la Escuela. “Cuán feliz si corridos los años, a estaa escuela pudiera tornar, a embriagarme del néctar que hogaño, con amor se me sabe brindar”. “Cuán feliz si pasados los días, a estas aulas pudiera volver, a gozar de esta sana alegría, a entonar esta marcha de fe”. Y volvimos. Al edificio por el que tanto trabajamos en actividades recaudatorias y vendiendo Bonos de la Cooperadora, que sorteaba un auto cada año. La mayoría como Contadores Públicos, tanto como Auditores de importantes firmas como Aldo Mela y Daniel Turqui, Carlos Yacarino en una empresa chilena, Jorge Radaelli, en IOMA. Turqui y Edgardo Cutello, cumplieron la función pública en el Municipio, Verónica Novotny, en un Ministerio; y Luis Savino que llegó a ser Asesor de un Ministro de Economía mientras seis elegimos la docencia. Pero TODOS, HOMBRES Y MUJERES DE BIEN, que llegaron con un “reconocimiento por las lecciones de vida recibidas en sus aulas”: foto 15 Y lo publicábamos en la prensa local. “Hay escuelas que generan sólidos vínculos con el alumnado, y desarrollan un profundo sentido de identidad y pertenencia. Pero pocas en el Partido de Quilmes han alcanzado los logros de la histórica Escuela Nacional de Comercio de Quilmes, que concita la atención y el interés de cantidades de egresados que reviven desde las redes sociales, por ejemplo, los días dorados de su adolescencia en las aulas de madera del viejo edificio de la calle Alsina 370. El tan querido Agustín L.J. Bottaro, seguramente desde el lugar que ocupan los grandes de la educación, se llenará de orgullo al contemplar a los Peritos Mercantiles formados en su escuela. Un día dejó de dirigir la que había sido su escuela, un nuevo edificio reemplazó a las viejas aulas y, con la Transferencia de los Servicios Educativos a las Provincias en los años 90's, hasta cambió su nombre por Escuela de Enseñanza Media N° 15. Sin embargo, a pesar del paso del tiempo, mantiene la esencia del viejo Comercial que revive y se fortalece cada año, cuando los últimos viernes de octubre y los primeros de noviembre reciben a las distintas promociones de egresados que se acercan para rememorar los días de su Secundaria. Un emotivo acto encabezado por los abanderados donde después de emocionarse con el Himno Nacional, en que se invita a los ex alumnos a compartir los relatos de anécdotas (y por qué no travesuras) de antaño. Luego, una recorrida por el Museo que atesora verdaderas "reliquias", y un tiempo para sentarse en viejos pupitres de madera en un intento de volver el tiempo atrás. Para poner el broche de oro, cada egresado se lleva un diploma recordatorio de su paso por la escuela para partir cantando la histórica Marcha de la Escuela Nacional de Comercio de Quilmes. El viernes 27 de octubre fue dedicado a un 5º Año de la Promoción 67, que dejó plasmado en una placa el agradecimiento por la formación recibida que acompañó con unas breves palabras que se transcriben a continuación: "Allá por 1967, nos preparábamos para concluir los años de nuestra secundaria, mientras orgullosos entonábamos las estrofas de la Marcha de la Escuela Nacional de Comercio de Quilmes, y tal vez sin pensarlo demasiado decíamos: Cuán feliz si corridos los años, a esta escuela pudiera volver ... Y pasaron los días y los años. Volvimos 40 años después, a gozar de la sana alegría de nuestra adolescencia, y entonar la marcha de "fe", que nos supo distinguir.
Ya no están las aulas en las que crecimos y nos educamos. El viejo edificio de Alsina 370, fue reemplazado por uno nuevo, el que tanto soñamos y trabajamos para alcanzar (con tés, rifas, desfiles de modelos, ...tanto más). Las aulas no son de madera ni hay bancos en los pasillos... Nosotros tampoco somos los mismos. Lucimos canas, pero como la Escuela, mantenemos vivo su ideario, su espíritu, su mística. Cincuenta años después, volvemos para repetir: ¡Viva Nuestra Escuela!, y agradecer las lecciones de vida recibidas en sus aulas y ayudarnos a abrir el libro de nuestras vidas. Gracias por darnos las herramientas necesarias para ese libro que nosotros mismos tuvimos que escribir. En nombre de todas las generaciones que pasaron por esta Escuela, a quienes hoy la continúan día a día, NUEVAMENTE GRACIAS". En nombre de los egresados PROMOCIÓN 1967 (Acuña, Daniel; Agramunt, Carmen; Alvarez, Berta; Anselmi, Norberto; Arana, Daniel; Balbuena, Dominga; Barrós, Margarita; Bauer, Eduardo; Bettega, Silvia; Bonanno, Alicia; Caími, Noemí; Campo, Carmelo; Cerreia Fus, Clara; Cutello, Edgardo; Dattilo, M. Teresa; Del Campo, Osvaldo; Estévez, Susana; Even, Viviana; Fabiano, Mirta; Focante, Elsa; Goicoechea, Eduardo; Grande, Carlos; Helmer, Marta; Huerga, Hugo; Illobre, Graciela; Koltowsky Eva; Laffitte, Lidia; Lapalma, Graciela; Lukac, M. Cristina; Maga, Beatriz; Marchessi, Alicia; Mariani, M. Rosa; Martínez, Gloria; Martínez, Mirta; Martire, Mirta; Mela, Aldo; Merlano, Graciela; Mobilia, Mirta; Montes de Oca, Norma; Myszkowski, José; Novotny, Verónica; Patuzzi, Edith; Radaelli, Jorge; Rial, Enrique; Riskus, Alda; Roggeroni, Jorge; Savino, Luis; Sempio, Rubén; Sikorski, Ana; Spadavecchia, Mabel; Stawsky, Enrique; Tenorio, Mónica; Turqui, Daniel; Yaccarino, Carlos y Zabalo, Diana), vaya aquí el agradecimiento a las autoridades de la E.E.M.Nº 15 por este nuevo regalo que les hizo la vida”. ELEGIR LA DOCENCIA EN EL INSTITUTO DE DON BOSCO De los seis que elegimos la docencia, tres encontramos el camino en el Instituto del Profesorado de Don Bosco (Mabel Spadavecchia que se orientó hacia Matemática y Lidia Laffitte, y yo nos dedicamos a seguir los pasos de Miss Geoghegan, la adorable profesora de inglés). Un nuevo sueño hecho realidad por iniciativa de profesores y padres de alumnos de la EEE M N°1 de Don Bosco. “Baby boomers”, que nos convertimos en “Extraños de Pelo Largo”, con “cinturones anchos y de vincha…”, mientras soñábamos con La Revolución, e Imaginábamos a toda la gente compartiendo el mundo; en el Cambalache de la segunda mitad del siglo XX, comenzábamos a leer a Paulo Freire, cuando Thomas Kuhn ya había publicado su libro “La Estructura de las Revoluciones Científicas” en el que con maestría describía aquellos fenómenos que con los años habríamos de llamar cambios de paradigma. Esos que no siendo pocos, nunca dejaron de sorprendernos aunque no nos tuvieron como meros espectadores. Miembros de una generación que sin llegar a la “revolución” se rebeló contra los estilos de vida de las generaciones anteriores. Su demanda de libertad y la crítica sistemática al poder político así como a las instituciones y prácticas socioculturales que permiten su reproducción, dejó sus marcas en la cultura. Soñando el “sueño” de Martin Luther King, asesinado el 4 de abril de 1968, multiplicaron el mayo Francés en el tiempo y el espacio convirtiéndolo en un movimiento de carácter “global”, al tiempo de comenzar a reivindicar los derechos de las minorías y la liberación de la mujer. Maravillados, compartimos la llegada de las transmisiones vía satélite contemplando desde el televisor la caminata lunar de aquel recordado 20 de julio de 1969, ingresábamos en la revolución tecnológica que habría de impactar tanto en nuestra carrera docente. Superamos el estado contemplativo para descubrir que ese mismo Chomsky, el lingüista estaba construyendo nuevos puentes con el conocimiento al derribar la concepción de aprendizaje como actividad estímulo respuesta para abrirle el paso al Cognitivismo. Nos íbamos alejando del Conductismo mientras nos sumábamos a los que acababan con el muro, derribando las barreras que prescribían los pasos a seguir en el arte de enseñar. Crecimos, mirando atrás, para ver como los fotogramas de una película, los días de nuestra secundaria, y dedicar una vida a la docencia, con una percepción de la realidad que puede aportar a la interpretación del presente y a la construcción de un futuro superador.

Comentarios

  1. Que maravilla recordar todos los momentos vividos en nuestra querida ENCQ, suscribo cada detalle emocionada. Ex alumna de la última promoción del viejo edificio de Alsina 370...1968

    ResponderBorrar
  2. Maravillosa historia que compartimos, María Rosa, y la unión que mantenemos hasta hoy!

    ResponderBorrar
  3. Hola recuerdo hermoso nuestra escuela de comercio me recibí en 1962 me llamo carmen

    ResponderBorrar
  4. Cuántos detalle de momentos compartidos y encuentros post secundario. Seguí escribiendo que es un placer leerte.

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

HASTA SIEMPRE SANTIAGO FREGOSI

Y DIJE ADIÓS A LA SILLA DE RUEDAS